martes, 9 de junio de 2009

Te invito para que me reconozcas en una mirada casual, de esas que han contenido todas las distancias. Iré vestida de gris y violeta, con un pañuelo blanco atado a mi cuello (sabes que no es el frío, apenas pura vanidad). Te invito para que hablemos de películas, de palabras atragantadas en la garganta, de pavimento rojo y cenizas en tu almohada. Conversaremos y las palabras se harán agua y todo lo que podamos decir será insuficiente. La llovizna se escapará por tus pupilas y tendremos un sabor a piel ansiosa anidado en nuestros labios. Dime, yo no sé mucho de otras cuestiones, invento frases del mismo modo en que invento verdades para alcanzarte. Digamos que mi talento es un artificio. Y mis ojos mienten si digo que todo sigue como antes. Escucha, las palabras no son complicadas, apenas si articulan una ilusión breve, piensa que el miedo es un sortilegio estéril, yo prefiero la bondad, aunque mi cuerpo se niegue a sanar ciertas heridas. ¿Qué no es necesario?... quizá debieras evaluar la posibilidad de enamorarte. Aunque pensándolo bien, si mis ojos no te bastan… mejor dejémoslo para otro momento





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